Las concepciones ideológicas sobre erotismo y pornografía han cambiado tantas veces como siglos han transcurrido en la historia del arte y la estética. Mientras que para los hombres del s XIX pornográfico era considerada la obra que relatase prácticas sexuales, como por ejemplo La filosofía en el tocador (1795) de Sade, ya en el s XX es posible identificar como pornográficamente considerado, ya no un texto escrito de corte sexual, sino que el acto voyerista de observar el acto sexual cometido por terceros. Sin embargo, el elemento que no ha dejado de ser factor inminente pornográfico corresponde a la necesaria presencia de un falo erecto y visible. Por su parte, el erotismo también ha sufrido cambios en su definición acorde a los cambios de época, si en el s XV nos encontramos con una literatura que relata aventuras de amor cortés, eróticas y sensuales en su médula por lo inalcanzable y sublimizadas de las mujeres protagonistas; en el s XX es posible encontrar un erotismo que sigue relacionándose directamente con la sensualidad de la mujer, pero ya no sublimizada, sino que entregada completamente a los impulsos libidinosos de los hombres. Un erotismo que, en el s XX, se basa, a diferencia de la pornografía que ve su pilar fundamental en el falo, en la exposición de una vulva destinada y comprendida como posesión del falo pero que en ningún momento llega a concretar el acto sexual.
Es respecto a este cambio histórico en la concepción del erotismo que es posible encontrar un gran contraste en la imagen de las mujeres entre obras de corte erótico, o con inclusiones eróticas en su narración, producidas en distintas épocas de la historia de la literatura.
El amor cortés ha legado obras en las que sus personajes sufren por amores mal correspondidos, como el caso de Leriano en Cárcel de amor, y de hombres que suspiran por doncellas puras y divinas; en contraparte, ya en el s XIX la modernidad ha legado como donación propia la instauración en la conciencia colectiva de un erotismo marcado en el comercio del cuerpo, un erotismo que tiene por musa a mujeres consideradas como mercancía. La modernidad considera a las mujeres como cuerpos exentos de personalidad y sobrecargados de sensualidad y sexualidad, sexualidad que es posible comprar y adquirir mediante el intercambio comercial, y que de este modo involucra en su escenario urbano la presencia de mujeres con cuerpo comprable. Traducido este fenómeno a la literatura es que nos encontramos con la poesía de Baudelaire, la que retrata en gran medida la situación urbana de París de principios del siglo XIX. Una urbe, que como buena capital intelectual europea de la época, cargada de las resonancias modernas plasmadas, por una parte, en el desarrollo burgués, y por otra, en el crecimiento de las zonas marginales, incluida en ella, el erotismo y la prostitución.
Un parís polarizado entre burgueses entregados al lujo y pobres entregados a la miseria, mediatizados, atravesados en un espacio intermedio, por la figura marginal del sexo. Las prostitutas son quienes abundan los cabarets y prostíbulos que frecuenta Baudelaire y comparten su cama como parte del intercambio económico sexual, en una realidad, en un tiempo, que corre de forma paralela a la burguesía enchapada en lujos que fija su contrapunto en la miseria del empobrecido. En su poesía “Una noche que estaba con una horrible judía” (Las flores del mal, 1857) Baudelaire se refiere a la prostituta, a quien no remite personalidad, en términos eróticos que vacilan entre lo mercantil y lo femenino, que aun parece conservar ciertas reminiscencias del amor cortés medieval.

“Una noche que estaba con una horrible judía,
como un cadáver tendido al lado de un cadáver,
me puse a pensar junto a ese cuerpo vendido
en la triste belleza de la que priva mi deseo. (…) ”
Las prostitutas como contrarias al estereotipo de mujeres burguesas puras y de buena crianza, no pueden compartir en igual de condiciones. Automáticamente, por pertenecer al sector marginado y rechazado por la sociedad, las prostitutas se convierten en mujeres carentes de belleza y extranjeras, feas y judías, sería imposible que fueran dueñas de belleza y nacionales, igual de imposible que es juntar marginalidad y burguesía, o prostitución con pureza y virginidad de mujeres bien criadas. Además, el poeta no solo se limita a caracterizarlas distintas a las demás mujeres, privándola de belleza, sino que además homologa a la prostituta con un cadáver. Ello confirma la anulación de voz y personalidad que se hace de las prostitutas, quienes ya por ser mujeres se encuentran acalladas socialmente, y que además, por pertenecer a la marginalidad, resultan doblemente censuradas y acalladas, transformadas casi en un cadáver, y no en su totalidad, por la utilidad de sus cuerpos. Continuando la lectura de la estrofa citada, el poeta deja en completa evidencia el puro carácter mercantil de la prostituta. Me puse a pensar junto a ese cuerpo vendido, cuerpo anulado, aniquilado y censurado, que succionado por la economía moderna se ve convertido en una mercancía que solo sirve para lucrar. Para nada más. Las prostitutas ya no solo son consideradas inferiores por ser mujeres, sino que ahora son totalmente anuladas por la jerarquía y relación de poder que entrega la economía al pagar y adquirir: pagar y adueñarse por una noche de estos cadáveres sexuales llamados prostitutas. De este modo es que Baudelaire realiza un tratamiento urbano y económico del erotismo.
Sin embargo lo recién expuesto, nos encontramos con que la penúltima estrofa de esta poesía la vemos encabezada por el siguiente verso: “Pues hubiera besado con furia tu noble cuerpo”. Inversamente a lo que pudiese pensarse a buenas de primeras, no nos encontramos con una contradicción o un error conceptual del poeta, sino que nos encontramos con una ubicación idiosincrásica del poeta dentro de la sociedad parisina. Al igual que las prostitutas, el poeta encuentra su lugar en la marginalidad de la urbe, espacio que le permite convivir en igualdad de condiciones. Por ello, es que resulta natural la empatía que se produce entre poetas y prostitutas, en cuanto a segregación social, lo que permite, desde el punto de vista del poeta, una tendencia a considerar el erotismo desde una distinta perspectiva. Sin desconsiderar el valor mercantil de la prostitución, el poeta es capaz de sentir a la mujer prostituta en el mismo nivel de pureza que a una mujer de buen amor cortés. Es capaz de situarse en igualdad de condiciones a las prostitutas, y gracias a ello, agregarle, mediante el eco del amor cortés, al valor mercantil del cuerpo de las mujeres prostitutas un valor de dignidad y nobleza eróticas.
De este modo, es que es posible apreciar en esta poesía de Baudelaire una conjugación de valores eróticas de la época. Por una parte, nos encontramos con el innegable valor mercantil que se le atribuye al cuerpo erotizado de las mujeres; y por otra parte, es posible rescatar matices del erotismo cortés que enaltece y ennoblece la figura femenina predominando por sobre las cualidades masculinas. Ambas conjugaciones eróticas enmarcadas en el París moderno del siglo XIX, donde se genera un espacio incrustado en la sociedad destinado a la convivencia de los rechazados y segregados: postitutas, y en ocasiones, artistas.