viernes 23 de noviembre de 2007

Editorial

Los seres humanos constantemente debemos elegir. Todo lo que hacemos es una elección, un hacer algo en lugar de otra cosa. Quizás una de las elecciones más patentes es la erótica, la cual manifiesta nuestra vida interior, lo más íntimo, a diferencia de lo que ocurre en una sexualidad animal (y no me refiero a la de perros y gatos solamente, sino también a los actos sexuales humanos no eróticos).

De esta manifestación del mundo interior, surge una manifestación artística inmensamente interesante en su diversidad, como vemos en los relatos publicados, que muestran la fecundidad y la diversidad del erotismo en la literatura.

Hace unos días un amigo me decía que el erotismo en la literatura no es interesante, que ni siquiera es un movimiento literario. Claro que no lo es. Pero sí es un tema que surge espontánea e inevitablemente en distintas épocas, géneros y tendencias, porque sin importar si hablamos de la poesía de Baudelaire o de un cómic porno actual, si estamos en el siglo XIX o en el XXI, el erotismo encuentra un espacio para emanar con vigor y naturalidad, así como emana de nuestras conciencias y nuestros cuerpos.

Y sin querer, llegamos nuevamente a la difusa línea divisora entre erotismo y pornografía, que al parecer será un tema inagotable de esta revista. El cómic que Leonardo Villarroel califica en su artículo de “simplemente porno”, si bien tiene entre sus fines excitar al lector con escenas quizás innecesarias para la trama, es además un viaje por la interioridad de tres mujeres, un adentrarse en su vida sexual y, finalmente, la manifestación artística de aquello que con anterioridad se manifiesta en nuestras almas y cuerpos.

Es ahí donde la línea divisoria se hace menos difusa, y donde entra la Tabú como medio de expresión: en la canalización en el impulso artístico de aquellos impulsos que vienen de lo físico y de lo más profundo, de lo que somos y demostramos ser en cada elección que revela nuestro mundo interior, así como la protagonista de La última niebla, por ejemplo, deja al descubierto su esencia, al elegir un amante de entre todos los posibles, de entre cualquier hombre imaginado.

"Dame al menos la oportunidad de una destrucción deliciosa." María Jesús Blanco


Rasgarnos con uñas y dientes, permitirnos hacer lo indebido y gozarlo hasta que el pudor o el dolor lo impidieran (si es que nuestra libertad nos permitiera sentir pudor o no disfrutar el dolor), sería la única forma de demostrarte el odio que te tengo y el amor de mierda que me oprime al verte.


Si querías hacerme daño, por qué no mordiste mi médula, por qué no hiciste jirones de mi piel ni me penetraste violento, hasta hacer reventar mi interior que arde por la rabia de tu traición. Por qué en lugar de hacerle daño a mi corazón y mi orgullo, no se lo hiciste a mi cuerpo, por qué no jugaste a Dolmancé ni mordiste mis pezones con fuerza. Quizás me hubiese dolido menos. Quizás me hubiese gustado. Como esa vez que me preguntaste si me dolía, si quería que pararas, y ni aunque hubiese estado agónica, desangrándome por el intestino, te hubiese permitido parar.


Y tú querías que te respondiera que me dolía, para entonces seguir con mayor fuerza, porque veía en el espejo que teníamos frente a nuestro dantesco espectáculo tu cara de placer cuando me retorcía y lanzaba quejidos.


¿Te duele? ¿Te duele?, me decías al oído, mordiendo mi oreja, con tus manos en mis caderas, enterrando las uñas en mi blanca carne, apretándome impetuoso contra ti. Me dolía. Hasta el orgasmo. No como tu traición, que me duele hasta el llanto amargo bajo las sábanas.


Relato. Avellaneda



Bésame el besáseo besavio de beso guardado en la espera, sácame el pedazo de boca que va quedando con los dientes, que la mordida sea dulce y sangre la mía toda, que el coágulo se te resbale por entre las encías y te ahogue como el beso primaveral del primer amor de niños, cuando jugabas a la combinación exacta de lenguas fúnebres y salivas agazapadas y te besabas con los ojos abiertos y sin sombra, con la boca llena de hadas, de mononokes, para que a pesar del tiempo sigamos siendo los que fuimos, corramos por los besares de la besación y un orgasmo te alcance con inexperiencia


ó


la alegría de compartir un cigarro-suerte, compartir una camisa, un café, una esperanza degradada, un rincón inhóspito y compartir las sábanas, compartir un besoso, un exhalo, un delirio y la bandada de gritos desbordados, un ombligo para que te centres y compartir por compartimiento compartido el polvo de la cama que se mezcla con el polvo de antaño que nunca fue, los huesos exaltados que desvinculan lo sublime de lo pedestre y se encarnan en la piel ominosa que recorren tus dedos culpables; o compartir lo único que no debería ser compartido y que, sin embargo, comparto sin quererlo.

"El pornográfico orgasmo y el erótico coito" - Leonardo Villaroel

Como lúcidamente señaló Hanibal Henriot en el segundo número de esta revista y a propósito del primer número de la misma, la distinción entre lo erótico y lo pornográfico es cuando menos tenue y su relación es bien directa y difusa. Las fronteras de género van y viene y se difuminan con clitórica sensibilidad. Lo que a algunos entusiasma a otros ofende, y el rótulo de “pornográfico” se precipita a denostar a aquellos trabajos que atraviesan bruscamente el umbral de lo es considerado sano y aceptable para el pleno de la sociedad.

La paradoja está en que el pleno de la sociedad gusta de precipitarse a denostar algo tan cotidiano y natural como el sexo. En nuestras historias y en nuestra ficción cotidiana, nada más tabú que una de las actividades esenciales de la especie humana. En nuestros medios informativos no hay duda a la hora de censurar electrónicamente la reproducción de los genitales, mientras cadáveres, violencia y sadismo son ampliamente reproducidos. ¿Dónde está la vergüenza? ¿Por qué lo pornográfico es necesariamente malo? ¿Qué es tan tremendamente bueno del erotismo que lo hace destacar por sobre la pornografía? ¿Los orgasmos conocen de semejante distinción?

Lo que nos lleva a “Lost Girls”, el comic pornográfico del señor Alan Moore, cuyo mérito y genio han de informar páginas más profusas y dedicadas que esta. “Lost Girls” parte de una premisa sencilla y obvia, pero no por eso menos atrevida: el sexo es fundamental y eso está por encima de nuestros artísticos pudores al respecto. A lo largo de sus tres volúmenes, Moore juega con los códigos del género pornográfico, es decir, busca excitar a su lector, provocarlo mediante la directa exposición gráfica de coitos, tríos y masturbaciones colectivas con la natural exhibición genital que ello implica. Semejante festín porno está hilvanado cuidadosamente por una historia impecable: es 1914 y en un hotel del campo francés coinciden tres mujeres en puntos muy distintos de su vida, cada una tiene un secreto que explica su conducta durante el sexo, cada una es un personaje de una historia para niños, Alicia, Wendy y Dorothy, envejecidas conforme a la fecha de publicación de sus respectivas historias, recuentan su vida, iluminando los clásicos infantiles con una lectura que no es freudiana, ni psiconalítica. Es, sencillamente, porno.

Que el tornado que se llevó a Dorothy a Oz sea en realidad el frenesí de su primera masturbación o que la niña Alicia fuera violada por un amigo de la familia que tras poseerla miró su reloj y se alejó como si fuera a llegar tarde a un compromiso, son pilares básicos de esta narración, pilares que se aceptan con naturalidad en el fondo de una historia que de frente ofrece una imaginería intensa. En cuanto el ojo se acostumbra al voyerismo que supone entrar en este mundo, aquella historia que estaba de fondo sólo para justificar la exposición sexual comienza a tomar forma frente a los ojos del lector, que, poseído por este efecto óptico consigue apreciar la reflexión sobre la naturaleza de la fantasía, el arte, y las cosas que guardamos como secretos en ambos, para controlar nuestra realidad. Cada una de estas mujeres tiene un secreto, así como sus historias contenían para el lector un secreto, así como día a día ocultamos nuestro sexo en el colorido secreto de la apariencia cotidiana.

Moore logra con creces lo que salió a probar con “Lost Girls”: se puede contar una gran historia con el género pornográfico. Nos deja la reflexión, la tarea pendiente, esas inmensas dudas que todo buen trabajo de arte nos tiene que dejar. Y no por eso deja de excitar, de estimular los sentidos y expandir las propias fantasías sexuales atreviéndose a dar pasos más allá de lo que es pudendo. Una obra de arte pornográfica de principio a fin, que no se avergüenza de serlo y que luce su rótulo con orgullo, como los hombres y mujeres que disfrutan del buen sexo se enorgullecen de hacerlo.

Más allá de la humana obsesión por los rótulos y de la infinita discusión sobre la realidad y la representación, en lo que a sexo respecta quedan algunos rastros bien claros, pegajosamente indelebles, de la prejuiciosa naturaleza de nuestra sociedad cuando se trata de hablar de aquello que es de lo más natural. El control social que se ejerce a través del sexo tiene sus bases claramente fundadas en el oscurantismo que lo rodea y que lleva, entre otras cosas, al ensalzamiento de una sensualidad de peluche en desmedro de una sexualidad de carne. Es por esto que la creación de artefactos culturales que desafían esta convención, revirtiéndola para acercarnos a la base misma de lo humano, es tan bienvenida. “Lost Girls” lo logra y al final poco importa el rótulo que haya detrás. Da lo mismo si es una buena historia con cachas o de una buena cacha con historia. El placer se siente igual.

"Cuarto llamado" (fragmento de novela). Daniela Pérez


Daniela Pérez estudia Letras Hispánicas en la Universidad Católica.
El año pasado publicó su primera novela, Mariposas Negras.
Actualmente está escribiendo su próxima novela, LLamados del útero.
Como adelanto, nos envió el Cuarto Llamado.

Que sea el mejor dolor del mundo. Que el sudor oloroso se te impregne, que recorra la habitación, el viento que no va a soplar.


Que el sabor en los ojos se te haga irresistible, que la luna brille más esa noche para que no llegue nunca el día separador de almas. Para que no aparezca jamás un eclipse, una pausa entre tú y él.


Que no se te caigan las pestañas al vacío y no pierdas tú la mirada ni en las consecuencias, ni en el decorado.

Ni en lo correcto.


Ni en su apellido.

Lo importante es que no te distraigas, que respires profundo e identifiques sobre esos hombros a tu dueño. A tu primer dueño, como si el destino femenino fuese la posesión ajena. Ser sumisa mientras se disfruta la tiranía de un ser que le rinde honores a tu cuerpo sin darse cuenta que es él poseído, y que tú eres ama de una situación, de un griterío que ocurre gracias a tu voluntad justamente porque acabas de perderla.

Que él no lo note. Que no se percate ni de tu dilatación prematura, ni de tu quimera matrimonial.

Que no sepa que te tiene.

Que no sepa que ya sabes.





No se entere que esperabas ser su amiga, que soñabas con abrazarlo para confiarle el miedo que le tienes a la raza que probablemente engendres.





Y que sea el mejor dolor del mundo, que no aparezcan más damas compañeras en su vida y no te hablen más príncipes a ti.

Que su boca de la tuya se pierda y ruede por el cuerpo que prefiere desnudo. Que te libere del pudor con sus manos y muerda los botones de tu blusa hasta llegar a la cintura dormida, y se la regales sin arrepentirte.

Que no se te ocurra pensar.

Que no se te ocurra pensar.

Que se apaguen las luces de pronto mientras él te toque exactamente donde tú quieras.

Que te lea el pensamiento, que te lea las ganas pero no el deseo de apoderarte de su frente hasta que tú calles el gemido cuando lejos, se escuche un murmullo interno.

Y te confundas.

Y se te escapen las voces del ombligo obligada a pedirle al agresor amante que se detenga, porque es necesario que exista el momento en toda mujer antes de gritar el mejor dolor del mundo.

Así, que por veinte segundos te empuje a la pared y te mire a los ojos más confundido que tú, hasta que caigas en la cuenta que son sus manos las voceras de esa rebeldía oculta cerrada que está por abrirse.

Y con una sonrisa intercambiada y calada él comprenda su premio. Y comience la fiesta.

Que tu aliento abra su camisa y tus uñas peleen con el cinturón que no habías desatado nunca. Que se abra la ventana y el viento haga trizas la falda que te iba a proteger, y tu blusa, y tu blusa y tu blusa vuele lejos. Que lo abraces fuerte y él a tu pecho incruste su cabeza y te cargue a la cama oportuna que el destino puso cerca.

Que caigas suave con los senos desnudos y las pantaletas que no sabías que te iban a quitar. Y aparezca el miedo a eso que vas a ver.

Que abras los ojos hasta que te lloren y se te endurezca el vientre con la certeza del mejor dolor del mundo. Que se te acabe el género en tus cueros y sientas el roce de otra piel menos suave y más intensa. De una espalda más fuerte y aparentemente poderosa. Que den vueltas y vueltas y tú grites y rías y abras la boca con ahogos que le gusten a él. Que las manos suban y bajen y jueguen rasguñando hasta que la virginidad por dentro te llore cuando él con fuerza jadeante, abrazado a ti la rompa y la mate como dando vida a un eco permanente, como aclarando el sonido de una voz que te llama.

Y que no pierdas el ritmo ni el compás de su agresión exquisita que entra con fuerza y sale sin aviso. Que entra, que entra y que vuelve a salir.

No advierta él tu sudor enamorado y el abrazo que le quieras dar cuando rinda la boca sobre tus pechos mojados, ni sorprendan sus ojos tus ganas de que se quede a acariciarte un rato para que tu nueva condición humana no se sienta más despedazada de lo que ya está.

Que no te duela la falta de abrazos. De cariños que él no quiere sentir por ti, aunque le gustes.

Que no te vea mirarlo de reojo mientras se viste. Que no respire ni tus pegazos, ni las estrellas, ni los violines que te imaginas para las dos.

Y no te sientas escogida. Que él no advierta que te eligió de entre más cinturas, que eres o fuiste la afortunada. Que eres víctima y no ladrón.

Que él sea sólo parte de un despertar estremecedor melodioso, y que no te duelan más tarde sus mordidas. Ni tu espalda ni bajo el vientre.

No vayas a entregarle el mundo al que ya te lo quitó.

Ruega porque tu alma infantil no lo llore. Porque no te llame nunca el recuerdo del mejor dolor del mundo.

Y que se te acaben sus olores. Que se te duerman los placeres rencorosos y escuches despacio bajo tu ombligo un respirar. Un nuevo llamado expectante.

Un nuevo llamado vacío.


Relato. Lorena Zúñiga

Te preguntarás qué hacer con la carne blanda que te impide llegarle al alma, a lamerle el corazón. No sabrás qué hacer con las manos una vez que hayas tocado todo y te falte aun tanto por tocar, no te sentirás conforme con el sabor a sudor en los dedos y querrás tener en tu lengua su verdadero gusto, su esencia.

Tratarás a ojos cerrados no asombrarte de nuevo con lo que creías ya conocido, vas a tomar de su boca el aliento que recorrió a su pecho, ilusionándote con respirarle la vida para que se funda con la tuya.

Intentarás con la lengua dejarle una estela de secretos sobre la clavícula, o con las uñas testimonios de pertenencia, marcas físicas de lo intangible, evidencias que recuerden tu estadía en su cuerpo porque aún no serás capaz de creer en aquella suerte.

Y cuando llegue la calma tendrás miedo de algún día odiarle, serás conciente de los fines eventuales, y guardarás entonces con la vista la sombra bajo su nariz o la curva de los labios, para no olvidarte nunca del calor que recorre de extremo a extremo y de las espaldas arqueadas con cuellos expuestos.

Y luego pretenderás, cuando se junten sus miradas, que todo es eterno, no mencionarás que te duele el tenerle cerca imaginando su partida, y dormirás sobre su pecho esperando, con una sonrisa, morir dentro del sueño.

[...]

Querrás arrancarte los ojos por temer al aburrimiento de verle y con las manos volver a recorrerle una y otra vez el camino de los huesos para que no se te olvide su piel o sus venas, o cómo se siente el calor que nace de un extremo y termina en otro.

"Erotismo y Baudelaire" - Maureen Hicks

Las concepciones ideológicas sobre erotismo y pornografía han cambiado tantas veces como siglos han transcurrido en la historia del arte y la estética. Mientras que para los hombres del s XIX pornográfico era considerada la obra que relatase prácticas sexuales, como por ejemplo La filosofía en el tocador (1795) de Sade, ya en el s XX es posible identificar como pornográficamente considerado, ya no un texto escrito de corte sexual, sino que el acto voyerista de observar el acto sexual cometido por terceros. Sin embargo, el elemento que no ha dejado de ser factor inminente pornográfico corresponde a la necesaria presencia de un falo erecto y visible. Por su parte, el erotismo también ha sufrido cambios en su definición acorde a los cambios de época, si en el s XV nos encontramos con una literatura que relata aventuras de amor cortés, eróticas y sensuales en su médula por lo inalcanzable y sublimizadas de las mujeres protagonistas; en el s XX es posible encontrar un erotismo que sigue relacionándose directamente con la sensualidad de la mujer, pero ya no sublimizada, sino que entregada completamente a los impulsos libidinosos de los hombres. Un erotismo que, en el s XX, se basa, a diferencia de la pornografía que ve su pilar fundamental en el falo, en la exposición de una vulva destinada y comprendida como posesión del falo pero que en ningún momento llega a concretar el acto sexual.


Es respecto a este cambio histórico en la concepción del erotismo que es posible encontrar un gran contraste en la imagen de las mujeres entre obras de corte erótico, o con inclusiones eróticas en su narración, producidas en distintas épocas de la historia de la literatura.


El amor cortés ha legado obras en las que sus personajes sufren por amores mal correspondidos, como el caso de Leriano en Cárcel de amor, y de hombres que suspiran por doncellas puras y divinas; en contraparte, ya en el s XIX la modernidad ha legado como donación propia la instauración en la conciencia colectiva de un erotismo marcado en el comercio del cuerpo, un erotismo que tiene por musa a mujeres consideradas como mercancía. La modernidad considera a las mujeres como cuerpos exentos de personalidad y sobrecargados de sensualidad y sexualidad, sexualidad que es posible comprar y adquirir mediante el intercambio comercial, y que de este modo involucra en su escenario urbano la presencia de mujeres con cuerpo comprable. Traducido este fenómeno a la literatura es que nos encontramos con la poesía de Baudelaire, la que retrata en gran medida la situación urbana de París de principios del siglo XIX. Una urbe, que como buena capital intelectual europea de la época, cargada de las resonancias modernas plasmadas, por una parte, en el desarrollo burgués, y por otra, en el crecimiento de las zonas marginales, incluida en ella, el erotismo y la prostitución.


Un parís polarizado entre burgueses entregados al lujo y pobres entregados a la miseria, mediatizados, atravesados en un espacio intermedio, por la figura marginal del sexo. Las prostitutas son quienes abundan los cabarets y prostíbulos que frecuenta Baudelaire y comparten su cama como parte del intercambio económico sexual, en una realidad, en un tiempo, que corre de forma paralela a la burguesía enchapada en lujos que fija su contrapunto en la miseria del empobrecido. En su poesía “Una noche que estaba con una horrible judía” (Las flores del mal, 1857) Baudelaire se refiere a la prostituta, a quien no remite personalidad, en términos eróticos que vacilan entre lo mercantil y lo femenino, que aun parece conservar ciertas reminiscencias del amor cortés medieval.



“Una noche que estaba con una horrible judía,
como un cadáver tendido al lado de un cadáver,
me puse a pensar junto a ese cuerpo vendido
en la triste belleza de la que priva mi deseo. (…) ”


Las prostitutas como contrarias al estereotipo de mujeres burguesas puras y de buena crianza, no pueden compartir en igual de condiciones. Automáticamente, por pertenecer al sector marginado y rechazado por la sociedad, las prostitutas se convierten en mujeres carentes de belleza y extranjeras, feas y judías, sería imposible que fueran dueñas de belleza y nacionales, igual de imposible que es juntar marginalidad y burguesía, o prostitución con pureza y virginidad de mujeres bien criadas. Además, el poeta no solo se limita a caracterizarlas distintas a las demás mujeres, privándola de belleza, sino que además homologa a la prostituta con un cadáver. Ello confirma la anulación de voz y personalidad que se hace de las prostitutas, quienes ya por ser mujeres se encuentran acalladas socialmente, y que además, por pertenecer a la marginalidad, resultan doblemente censuradas y acalladas, transformadas casi en un cadáver, y no en su totalidad, por la utilidad de sus cuerpos. Continuando la lectura de la estrofa citada, el poeta deja en completa evidencia el puro carácter mercantil de la prostituta. Me puse a pensar junto a ese cuerpo vendido, cuerpo anulado, aniquilado y censurado, que succionado por la economía moderna se ve convertido en una mercancía que solo sirve para lucrar. Para nada más. Las prostitutas ya no solo son consideradas inferiores por ser mujeres, sino que ahora son totalmente anuladas por la jerarquía y relación de poder que entrega la economía al pagar y adquirir: pagar y adueñarse por una noche de estos cadáveres sexuales llamados prostitutas. De este modo es que Baudelaire realiza un tratamiento urbano y económico del erotismo.


Sin embargo lo recién expuesto, nos encontramos con que la penúltima estrofa de esta poesía la vemos encabezada por el siguiente verso: “Pues hubiera besado con furia tu noble cuerpo”. Inversamente a lo que pudiese pensarse a buenas de primeras, no nos encontramos con una contradicción o un error conceptual del poeta, sino que nos encontramos con una ubicación idiosincrásica del poeta dentro de la sociedad parisina. Al igual que las prostitutas, el poeta encuentra su lugar en la marginalidad de la urbe, espacio que le permite convivir en igualdad de condiciones. Por ello, es que resulta natural la empatía que se produce entre poetas y prostitutas, en cuanto a segregación social, lo que permite, desde el punto de vista del poeta, una tendencia a considerar el erotismo desde una distinta perspectiva. Sin desconsiderar el valor mercantil de la prostitución, el poeta es capaz de sentir a la mujer prostituta en el mismo nivel de pureza que a una mujer de buen amor cortés. Es capaz de situarse en igualdad de condiciones a las prostitutas, y gracias a ello, agregarle, mediante el eco del amor cortés, al valor mercantil del cuerpo de las mujeres prostitutas un valor de dignidad y nobleza eróticas.


De este modo, es que es posible apreciar en esta poesía de Baudelaire una conjugación de valores eróticas de la época. Por una parte, nos encontramos con el innegable valor mercantil que se le atribuye al cuerpo erotizado de las mujeres; y por otra parte, es posible rescatar matices del erotismo cortés que enaltece y ennoblece la figura femenina predominando por sobre las cualidades masculinas. Ambas conjugaciones eróticas enmarcadas en el París moderno del siglo XIX, donde se genera un espacio incrustado en la sociedad destinado a la convivencia de los rechazados y segregados: postitutas, y en ocasiones, artistas.

miércoles 20 de junio de 2007

Editorial

Y entre más veo noticias, camino por Santiago, leo diarios, revistas y páginas en internet, más me convenzo de que los productos humanos, resultado del desarrollo y de nuestra inherente superioridad, nos alejan precisamente de nuestra humanidad y nos acercan a algo así como a una “cosidad”, a una condición de objetos que poco importa si no piensan.

Y justamente lo más primario y “salvaje”, lo que tenemos desde antes del desarrollo de nuestros productos estrella (máquinas, internet, el mismo trabajo y, por qué no, Transantiago querido), es lo que nos recuerda que somos humanos. Por supuesto, me refiero al erotismo, al deseo y la obtención del placer en un sentido amplio.

Así, tenemos al humano sintiente, que junto al humano pensante, forman al ser que se posiciona sobre el humano cosa, al que arde en impulso creador y puede apreciar, comprender y engendrar arte.

Para unir erotismo (humano sintiente) y conciencia artística (humano pensante), es necesario enfrentarse sin prejuicios ni miedos al erotismo, pensarlo, vivirlo, definirlo, y entonces adoptarlo como impulso creador. De ahí la importancia de abrirnos a diversos planteamientos, de abrir este proyecto a cada uno de ustedes, de motivarlos a que repiensen y comprendan el erotismo, para entonces conocer y aceptar la vía por la que cada uno elige anteponerse a ese humano cosa.

Ya se ha dicho y escrito mucho del erotismo; que es sagrado, que es profano, que reprime y que libera, que es animal, que es cultural. Hasta nosotros ya dijimos lo suficiente en nuestro primer número. Ahora, lejos de pretender restringir el contenido de Tabú según nuestras percepciones personales, se nos hace necesario acoger diversas ideas, más que nada como un llamado a plantearse este proyecto no como una oportunidad de “mostrar a mis compañeritos palabras lindas que escribí”, sino como algo que va mucho más allá. Además del posicionamiento sobre el la “cosidad”, el erotismo implica una liberación e incluso puede llevar a desarrollar un mayor compromiso con lo que nos apasiona y elegimos como carrera y forma de vida. Mostrar lo que escribimos no siempre es fácil, más aún si se trata de erotismo, tan propio de la esfera de lo privado, tan sujeto al prejuicio, al qué dirán y al vergonzoso “¿Tú haces las mismas cosas que la protagonista de tu cuento?”. Por lo tanto, una revista con esta temática, y sin afán de pretender ser más de lo que somos, no es sólo una vitrina, sino quizás la mejor iniciativa para crear una discusión más profunda, fomentar el diálogo, la liberación de conciencia y tantas otras cosas más que pretendemos ir conociendo mediante sus propias experiencias y colaboraciones.

María Jesús Blanco

Debate - Hanibal Henriot

Cuando la noche es más oscura

En el primer numero de esta joven y promisoria revista, me sorprendió que la señorita Maria Jesús Blanco, en su editorial, alegara que el erotismo y la pornografía no tienen relación. Esta afirmación no solo me pareció escandalosa, puesto que contradecía mis más básicas convicciones respecto al tema, sino que, además, la considero históricamente incorrecta. Es de público conocimiento los cruces que han tenido los caminos del erotismo y la pornografía.

En los albores del siglo pasado, y mucho antes con mayor virulencia, se creyó que la sola imagen de un cuerpo desnudo en la que se distinguieran los genitales era pornográfica. Como nos cuenta Valentina Montero en su ensayo, era distinto el tratamiento que recibían estas imágenes al ser pintadas o fotografiadas, debido a que, se argumentaba, las pintadas no habían acontecido en la realidad y las fotografiadas sí. Este y muchos otros ejemplos se podrían dar para ilustrar cuanto de lo que hoy vemos como erótico, en su momento, fue incluido en los dominios del porno; sobre todo si hablamos de imágenes. Por otro lado, en lo tocante a la literatura, cabe preguntarse (y en esto, les pido que disculpen mi momentánea ignorancia) si existe como tal el genero del “cuento pornográfico” y hasta que punto el cuento erótico fue proscrito, y a su vez, incluido en la pornografía.

Al menos históricamente estos conceptos han estado relacionados, lo que no significa que aludan a lo mismo ni que actualmente se relacionen. Curiosamente la definición de lo erótico del diccionario de la Real Academia Española arroja una luz insospechada sobre el tema; lo define como lo que excita el amor sensual, el apetito sexual. Esta idea va muy acorde con la de pornografía, pues, como el mismo diccionario reconoce, su única diferencia es el “carácter obsceno” de esta última. Y por supuesto, tal carácter es poco claro toda vez que para distintas personas y culturas lo obsceno alude a cosas distintas; y entonces, quién decide.

Ciertamente alguien podría alegar que un flaco favor se hace a la discusión al dar como marco las definiciones del diccionario, con lo cual estaría de acuerdo. Pero cuidado, recordemos que al decir erótico o pornográfico nos referimos fundamentalmente (no únicamente, claro) a obras que excitan el amor sensual, el deseo sexual, etc. Solo que aparentemente difieren en que una utiliza medios más ¿vulgares?, ¿obscenos?... ¿De qué estamos hablando? Quizás, todo lo que he expuesto está equivocado, y el erotismo es algo completamente distinto. Lo cierto es que hasta no tener una visión clara de estos gemelos malvados, no podremos decir con propiedad si es que efectivamente están relacionados o no, en qué coinciden y qué los separa, o qué los engendró.